Han entrado y no quieren salir;
La feria brilla demasiado,
se escuchan bajo las luces de colores
Añoran viejos tiempos
Humo, amor francés,
el son de la máquina,
el tictac de las manecillas giratorias.

Gente, mucha,
sorprendida por la compleja maquinaria
Ríen, los niños chillan,
corren con sus cintas de colores,
los sombreros de la gente,
la fiesta, la ciudad.

Ceniza en las aceras,
deshollinadores y laboristas,
el sonido de un piano
una voz, un organillo.

Los dos se miran fijamente,
el óxido sobre sus corazones
todavía no permite
que sean incapaces de amar,
pero ya nadie los mira,
están ahí,
abandonados en el desván,
donde el polvo los sepulta,
con eterna tranquilidad.

Se miran y ríen una vez más,
saben perfectamente lo que va a pasar
el tiempo no pasa en vano,
menos aún para una máquina de metal.
Pero siguen amando,
siguen haciendo aquello
que está en su mecanismo,
está en su alma,
son ellos mismos.

Y ésta, como una una vez más,
pero siendo la última ya,
se miran, se sonríen, y se vuelven a besar.